DEPRESION OCULTA UN DIAGNOSTICO DIFICIL


Depresión oculta: un diagnóstico difícil

Existe una forma de depresión que se esconde bajo problemas físicos, cambiables de un lugar del cuerpo al otro, y situados en el marco de una fatiga extrema. Se trata de la llamada depresión oculta una dolencia difícil de diagnosticar, porque los pacientes no hacen referencia a ningún sufrimiento psicológico. Los signos de una depresión clásica son bastante conocidos. Pueden aparecer repentinamente o, al contrario, caracterizarse por una sucesión de eventos depresivos que traducen la exacerbación de un mal vivir en lo cotidiano. Incapacidad de sentir placer, enormes dificultades para concentrarse, retardo psicomotor e intelectual, todo en medio de una sensación de pesimismo y tristeza.
A la inversa, reconocer una depresión oculta no es tan simple. En la consulta, una persona evoca esencialmente problemas del cuerpo, y si el médico le pregunta sobre la posible presencia de un sufrimiento psicológico, el paciente lo minimizará, incluso lo negará o lo incluirá en la cuenta de dolores diversos y variados. Estudios realizados por médicos generales en Estados Unidos y en diferentes países de Europa han mostrado que el 50 por ciento de las depresiones con expresión somática pasan inadvertidas. Los síntomas de una depresión oculta parecen ser los mismos de un enfermo al otro: dolor de cabeza, de cuello, de hombros, a veces digestión difícil y, de manera constante, una inmensa fatiga que no cede con el descanso.
Como los signos psicológicos de una depresión clásica, estos signos físicos evolucionan durante el día. En general, los dolores son importantes al despertar. Se siente tan fatigado que iniciar el día parece una misión imposible. Para un depresivo “clásico”, este inicio es extremadamente doloroso desde el punto de vista psicológico; en la depresión oculta, es el cuerpo el que no responde. Afortunadamente, el estado mejora al final de la tarde, cerca de las 5 ó 6.
¿Por qué razones una persona expresa su malestar psicológico en su cuerpo? Simplemente porque, en algunos, el lenguaje del cuerpo es predominante en relación con el lenguaje oral. Así, por ejemplo, muchas personas expresan un estrés profesional o un conflicto familiar con un dolor de espalda o de estómago.

SINTOMAS

Discomunicacion y Aislamiento

Una medida de vitalidad de una persona podría consistir en averiguar la calidad y cantidad de sus relaciones sociales. Cuando estamos animados tendemos a estar más expansivos, nos comunicamos más y mejor con las personas que nos rodean, tenemos interés en cuidar y mejorar el trato humano. Por el contrario, la reacción más común estando desanimados es disminuir la búsqueda activa de contacto y des implicarnos (estar sin estar) en las relaciones que tenemos por costumbre.

La tristeza invita a un repliegue hacia un intimismo, hacia el Yo herido, mientras que la alegría busca un tú o un nosotros con los que compartir, aumentar y difundir la onda expansiva de la vitalidad interna.

El contacto humano, especialmente en un ambiente acogedor y armónico, realiza necesidades muy importantes de los seres humanos (condenados a ser una especie social, mal que nos pese) tales como la necesidad de apego, seguridad, integración, reconocimiento, valoración e incluso de identidad (pertenecer a un grupo, no ser un “don nadie” anónimo). Por consiguiente, alejarse es una forma de dar la espalda a estas necesidades, estar ausentes, perder el amarre que “ser alguien para alguien” nos ata al mundo.

Con cierta frecuencia este aislamiento no sólo es un síntoma de depresión, sino que también ha sido en buena medida su causa. La falta de habilidades sociales, especialmente para intimar y hacer amigos, las dificultades de carácter y maduración, hacen que nuestras relaciones resulten problemáticas o insatisfactorias, pobres y decepcionantes. En otras ocasiones nos hemos visto obligados a empezar de cero por cambios de residencia, estado civil, trabajo, muertes de seres queridos, las etapas que acaban y hasta los cambios culturales que no hemos podido digerir, todo ello puede producir en nosotros pérdidas de identidad y vinculación que conllevan dosis de frustración, duelo y tristeza.

La persona deprimida es consciente de no estar en su mejor momento y por ello no resulta tan agradable a los demás. y no quiere “hacer el papelón” o “ser pesada” o aburrida a los demás. Pero en cambio, en términos de egoísmo personal, es una de las cosas que más le pueden ayudar a recuperarse. Para ser atrevidos cabe tener en cuenta que el grado de “deslucimiento” no es quizá tan impresentable como parece a primera vista -porque los demás tampoco son tan exigentes que nos pidan estar arrebatados en un aura de genialidad constantemente-, y que nuestra capacidad de esfuerzo -aceptemos que sea costosa y trabajosa para nuestro estado depresivo- es sin embargo posible, y podemos afanarnos al punto de “parecer” normales. Esta teatrito de hacer de normales tiene la inmensa virtud de normalizarnos, de activar nuestro cerebro en la buena dirección.

Seguramente la capacidad de disfrute esté disminuida, y la dificultad de concentración haga que en ocasiones perdamos viveza y capacidad de tomar las cosas al vuelo, pero no obstante el contacto humano nos calma y nos reconforta. No debemos ser tan escrupulosos ante nuestros amigos y conocidos que no nos permitamos abusar un poco de ellos, imponiéndoles con la mayor normalidad posible nuestra presencia algo sombría: a cambio nos podemos comprometer a devolverles lo que les quitemos cuando estemos recuperados, guardando una deuda de gratitud y reciprocidad en las ocasiones futuras en las que ellos necesiten nuestro apoyo

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